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LAS FALACIAS DEL TECNOMANAGEMENT
La verdadera crisis está en la dirección del personal |

[ Autor: Michel Henric-Coll ] |
El mito de “Sólo puede quedar uno”
La sociedad ha adoptado, en la última parte de siglo XX, un mito que se ve reforzado de año en año, debido probablemente a la dificultad anteriormente comentada que entraña el oponerse a los mitos socialmente aceptados. Este mito enuncia que estamos en guerra y, como en las películas y series televisivas tituladas “los Inmortales” sólo puede quedar uno.
Este mito empieza muy temprano a surtir efectos en los individuos, desde el colegio. Los estudios, desde que los niños tienen diez u once años, son vistos como una competición acérrima que plantea la disyuntiva de formar parte de los elegidos (los ganadores) o ingresar para siempre en la fila de los perdedores, es decir personas que desperdiciarán su vida, ante las que se cerrarán todas las puertas de un posible futuro triunfo.
Los colegios ya no son centros de educación que preparan a los jóvenes a desarrollarse y encontrar su vía, sino un proceso de selección permanente que elimina, con poca o ninguna contemplación, a aquellos que no cumplen con el itinerario académico ideal. La ideología de la gestión, que ha invadido todos los aspectos de la sociedad, lleva a todos los centros educativos a una guerra comercial (aun cuando son establecimientos públicos), cuyo criterio de atracción de “clientes” es el índice de éxito en el examen de fin de estudios (el Selectivo en España). Evidentemente, estos criterios miden el porcentaje de alumnos que aprueban el examen, pero sólo entre los presentados, nunca entre el total de alumnos que ingresaron en el Centro. Por tanto, no rinde cuentas de la cantidad de fracasos escolares que genera el sistema para permitir al centro educativo figurar en el top-ten. La media de fracaso escolar en España superó el 30%, eso es: prácticamente un alumno de cada tres no conseguirá terminar sus estudios secundarios. ¿Incapacidad personal o víctima de un sistema con pretensiones darwinianas?
Nutridos desde la infancia de una ideología competitiva, los estudiantes licenciados y, al ser posible, masterizados, ingresan en el mundo de la empresa en el que la competición se convierte en guerra. No hay alternativa: ganar o morir. Es el lema, implícito o explícito. El trabajador debe aceptar que si no rinde lo suficiente como para ayudar a su empresa a vencer, no es más que una carga social, un lastre, y que si le queda un ápice de sentido de la responsabilidad, debe ceder el sitio a alguien más capacitado. Ya no es un problema de rentabilidad, se ha convertido en una responsabilidad social: o formas parte de los que pueden ganar la guerra, o debes retirarte para evitar hacer perder a toda la organización.
Existe una gran diferencia entre declarar a uno que no es capaz de realizar determinado trabajo y conseguir que se convenza de ser socialmente inútil, o peor: perjudicial. Para un soldado empresarial, no basta con cumplir con su faena, ni sus obligaciones laborales, tiene que estar dispuesto a invertir todas sus fuerzas y sacrificar su vida personal para un objetivo holístico mucho más importante: que su empresa pueda ganar la guerra.
No voy a desarrollar aquí las desastrosas consecuencias sobre la autoimagen, la propia estima, la confianza en sí mismo que genera este mito y los dramas que provoca. Los suicidios por causas laborales (cuatrocientos en Francia en 2007), el 31% de media de fracasos escolares en secundaria (en España), el incremento en un 11% de las solicitudes de atención por riesgos psicosociales laborales entre abril 2008 y abril 2009 no constituyen más que ejemplos. Como lo menciona Vincent de Gaulejac, “en tiempos de guerra, la ética desaparece, supeditada al objetivo de la victoria. Vale matar, torturar a pocos para salvar a muchos, asesinar a civiles considerados como colaboradores del ejército enemigo, la mentira es una herramienta estratégica, la traición parte del juego militar y la manipulación un arma de la victoria”.
Debemos preguntarnos si la finalidad de las sociedades humanas es seleccionar al último Inmortal, y si estamos realmente en guerra o si no hay más guerra que la que queremos que haya. En todo caso, este mito condiciona en gran medida las actitudes y comportamientos de las empresas sobre sus trabajadores. “El argumento de la guerra económica colabora a la construcción de un imaginario social que sirve de tapadera a una dominación cuyos efectos son visibles por todos aunque las causas queden generalmente oscuras30”. Saber si es consciente o no por parte de los que ostentan el mayor poder, no lo se y sólo podría especular, pero si es voluntario y una estrategia para presionar más al personal, entonces está equivocada porque resulta contraproducente.
30. Vincent de Gaulejac, citando a Cornelius Castoriadis: «L’institution imaginaire de la société».
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